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El Enigma de la Vida


Ilustración por: Laura González



Los párpados me pesan. Con cada paso que doy siento como si mis piernas, ya inflamadas y demacradas por las varices, me cobraran mi existencia. Que ironía. Después de toda la fuerza que me ha dado la vida, ahora soy incapaz de dar un paso más sin desplomarme. Inhalo. Exhalo. Nada. La presión en el pecho se ha vuelto crónica. Dijeron que era la pena de verla a ella partir primero, pero el doctor fue más racional y me diagnosticó cardiopatía. Me apoyo en el atril metálico y siento el frío recorrer mis arrugadas manos, permitiéndole a una ráfaga atravesar todo mi cuerpo. Por algún motivo el escalofrío me hace levantar la mirada y veo el suero a la mitad. Medio lleno. Medio vacío.

Shakespeare no lo pudo haber descrito mejor. Ese debate entre vivir y morir lo he materializado en este punto de mi existencia, cuando el sufrimiento me carcome física y mentalmente; la muerte se hace tan cercana y palpable; y la vida se reduce al padecer ante el tiempo. Pero no. Creo que lo más doloroso no es que el tiempo pase muy rápido. No. Lo más doloroso es ver cómo pasa y uno se estanca, se queda atrás porque ni el cuerpo ni la mente son ya capaces de sobrellevar la viveza que hay en el tiempo. Pese a que sigo vivo, la soledad hace que el sufrimiento psicológico sea aún más implacable que aquellas dolencias físicas. Soy ese suero. Medio lleno, medio vacío.

Es entonces cuando la banca frente a mí, que por orgullo había ignorado, me obliga a sentarme y reposar. Eventualmente, intento recordar de dónde venía, pero a esta edad esas lagunas ya no me preocupan. Dicen que la memoria es el refugio del olvido, pero en mi caso el olvido es el amparo de los recuerdos. Es más fácil olvidar que aferrarse a un recuerdo que evoca épocas alegres, cómicas o incluso románticas en un ambiente que impregna tus fosas nasales con formol y el silencio agudiza el vacío generado por su ausencia.

Las pestañas me pesan. Mi cuerpo desgastado y sin aliento se tensa al sentirme observado. Suspiro fuertemente mientras giro mi cabeza hacia la derecha y, recostándola suavemente sobre la pared a mi espalda, veo unos cándidos ojos azules fijamente examinándome. A mi lado está un niño sentado; aproximadamente de unos cinco años, vestido con una camisa a cuadros de color azul, un pantalón marrón en pana y unos botines. Tan tierno, tan pequeño, tan lleno de vida.

- ¿Te duele tener ese tubo en tu brazo? - indagó con su pequeño ceño fruncido y una temblorosa voz impregnada de esa inocencia que te ataca como si de estrujar tu corazón se tratase.

Me limito a un “no” y siento como inconscientemente se eleva levemente la comisura de mis labios. El niño valora mi esfuerzo y sonríe en respuesta. Esa calidez que eventualmente colma mi cuerpo me devuelve algo que ya daba por perdido. Esperanza. Me detengo a analizar su pequeña figura. Ambos somos vulnerables en tanto que nuestra fragilidad nos expone al mundo, sin embargo, su fragilidad yace en la vida mientras que la mía en la muerte. Es frágil porque es niño y yo soy frágil porque soy un anciano. Es esa fragilidad la que permite a la muerte acecharme cada día, pero a la vez aquella que me hace sentir vivo.


Mi vista se nubla. Siento un sabor salado en mi boca y es en ese momento que me percato de las lágrimas que incontrolablemente brotaban de mis ojos y rápidamente hacían su camino por mis acartonadas mejillas hasta mis secos labios. Escucho pasos cada vez más fuertes a mi izquierda y siento la presencia de alguien frente a mí. Siento una suave mano en mi mentón que cariñosamente dirige mi cabeza hacia arriba. Unos delicados dedos limpian las lágrimas de mis ojos. Bruscamente giro mi cabeza en busca del niño, pero me encuentro con el extremo derecho del banco vacío. Busco desesperadamente con mi mirada, en lo que parece una sala de hospital, al niño que me hacía compañía. Me dirijo a la mujer frente a mí, vestida de traje blanco, e intento hablarle, pero soy incapaz de articular palabra.

-Lo escuche hablando- dice una voz femenina a distancia. La mujer frente a mí asiente con la cabeza y me dirige una mirada de lástima que no comprendo.

-Llama a neurología, el señor García volvió a tener alucinaciones y ha estado deambulando por todo el hospital- responde la mujer frente a mí.

- ¿Señor García? - Preguntó en voz alta.


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