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Ceguera



Empecé el día como cualquier otro, agua limpia se deslizaba por cada fibra de mi cuerpo, una comida que cualquiera envidiaría o al menos eso es lo que mi madre me decía. Estaba preparado para rendirme a la misma rutina que los medios me venden diariamente con sus anuncios sobre la vida perfecta que llevamos. Muecas de oreja a oreja que disfrazan una supuesta sonrisa, abundaban como agua en la lluvia, y mientras iba de camino hacia mi destino, sólo podía fijarme en el sol que iluminaba cada rincón de la ciudad con la misma intensidad, incluso los callejones estrechos, como si tuviera la necesidad de demostrar que no esconde nada, sospechoso ¿Verdad?

No quise desgastarme más con esa idea, pero me era imposible. Me atormentaba el pensamiento de que el propio mundo en el que vivo me estuviera ocultando algo de sí mismo, de su verdadero ser. Pero ¿Qué tan malo podría ser conocer la verdadera cara de alguien? Al llegar a la cena que había preparado mi familia para el grado de mi prima, estaba intrigado de cuál sería mi futuro y rol en la sociedad, ya que si es tan feliz y perfecta la vida, no tendría porqué trabajar, podría quedarme en mi casa donde tengo todo lo que necesito. Pero todo cambiaría ese enero de aquel agosto, el auge de mi nuevo yo, cuando vi aquellas gafas tiradas en el piso del restaurante y decidí recogerlas.

¿Por qué lo hice? No lo sé, no era ciego o eso era lo que pensaba, pero cuando la luz que chocaba con mis ojos tenía la interferencia del vidrio, lo vi todo y supe que era nada. ¿Merecía vivir? Que agobio, pero no tanto como el que ví. Al instante recordé lo que me decían toda mi vida, si me portaba mal iba a sufrir en el infierno, pero creo que las personas que vi no tuvieron una sentencia justa, ni siquiera habían nacido cuando fueron condenados. Mi cuerpo reaccionó más rápido que mi mente y me arrebaté las gafas. Cuando regresé a mi realidad no podía comer, aquella exquisita comida que abundaba en la mesa me daba estragos en el estómago, no merecía tanta comida, no la necesitaba.

Regresando a casa, mi mente no paraba de ser una tormenta de terror, mirando alrededor pensaba que era un ser diminuto, atrapado en una burbuja y las gafas eran la aguja que necesitaba para ver el panorama completo. ¿Cuánta gente en el mundo es ciega? Me llena de paranoia la causa de su ceguera, no quiero pensar que lo son por voluntad propia. Pero solo tenía una meta clara, tenía que volver a ponerme las gafas que me atormentaban una vez más.

Tome precauciones esta vez, llevé un papel y lápiz para anotar todo lo que podía ver y un poco de agua para poder tener la mente clara. Tomé las gafas de mi bolsillo con la mano derecha, con ambas extremidades que estaban como un terremoto, coloqué las gafas en mi rostro, lentamente tomé un suspiro y abrí mis ojos. A pesar de ver un infierno, mis ojos eran cascadas, de repente me había vuelto mudo. No puedo describir la crueldad del ser humano ante sí mismo. Somos de la misma especie, ¿Cómo podemos siquiera permitir esto?

Entendí que esas dos dimensiones, no son más que las dos caras del mundo. En una de ellas pareciera que somos discapacitado que padecemos de alzheimer y ceguera, porque parece que nos olvidamos de la ayuda que podemos brindar. No podía ante el desespero, cogí toda clase de ropa que no necesitaba, la comida que me había preparado mi mamá y la aplaste contra los espejos que separaban la felicidad de la miseria, ¡Tenía que hacer algo!

Al volver a la sala, el televisor estaba prendido en el canal de las noticias donde cada día mencionan nuevos pasos que da la humanidad, pero se nos olvida que las huellas no las deja solo la innovación, sino los cadáveres que miramos por encima. Me niego a aceptar está cruel relación del ser humano con sí mismo, y con toda la determinación que me quedaba, arranqué el lente y lo reemplacé por mi ojo derecho, no puedo vivir en paz sin que haga de este infierno un paraíso. Pero antes de emprender un viaje que estoy consciente no volveré, decidí dejar una nota. Espero que el que tome este pedazo de papel, pueda leerlo si es que no sufre de ceguera.

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