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TRECE AÑOS MÁS TARDE...

Por: Ana Sofía Urrea-Niño


Después de trece años recorriendo los mismos corredores y de recibir clase en las mismas aulas de repente me da una nostalgia al pensar que ya no vendré todos los días. Da miedo. Da mucho miedo. Salir de mi zona de confort me emociona, pero me aterroriza volver a empezar, volver a pertenecer. Lo más asustador es salir y no volver a ser alguien... ¿Seré la misma? ¿Me adaptaré de forma que conserve mi personalidad?

Cuando era pequeña y aún no entraba al colegio, mi padre sacaba al bus a mi hermano, quien me lleva 10 años, y recuerdo salir al puente de la Boyacá con 127 en pijama cargada. A día de hoy mi padre recuerda mi emoción de ver el bus, dice que siempre decía que ya quería entrar al colegio e irme en el bus. Un día por fin me fui en el bus, ya era parte del colegio bilingüe Buckingham. Me acuerdo de que me fui sentada al lado de mi hermano, quien iba escuchando música con audífonos y se durmió. Una vez llegamos, me acompañó a preescolar para conocer mi salón y a mi profesora. Ahí estaba Jineth, a quien adoré y recuerdo con cariño. Entré a kínder, empecé amistades que duraron mucho tiempo, fui aprendiendo a convivir en grupo. Hace poco hablé con Jineth, me recordó que en ese primer año mío acá varios compañeros del salón le decíamos “peluche”, aunque ya no recuerdo bien porqué, tengo la absoluta certeza de que era con mucho aprecio.

Fui creciendo y avanzando en el colegio, conociendo cada vez más la comunidad y abriéndome paso. De preescolar no recuerdo demasiado, pero lo que tengo claro es que el uniforme de diario me parecía un complique porque la camisa se abrochaba por detrás y porque ponerse el delantal no me parecía tan sencillo. Recientemente hablé con Germán, el docente de música de preescolar, y me dijo que se acordaba de mí con el delantal mal puesto y, los días de jeans Day, con tenis de ruedas andando de un lado al otro del salón. Me parece fuerte darme cuenta de que los días se pasaron y que eso ya fue hace más de diez años.

Entré a primaria, y era más grande. Cada inicio de año mi papá me dice que estoy grande, que me les crecí muy rápido. Ese año esas palabras para mí habían cobrado mucho valor. Primaria era ya de grandes, era ser más independiente, pues las onces se comían durante el recreo y uno no se podía quedar jugando, no había onces de la tarde, y había que hacer fila en la cafetería para que te sirvieran tu almuerzo. Esta etapa la recuerdo de a partes. Primero fue con Patty, en ese año aún seguíamos delantal. Era el último año de mi hermano, verlo graduarse me hizo sentir la hermana más orgullosa y también la más triste, pues él era mi protector. Cada que sonaba a campana del primer descanso yo corría a la cancha de básquetbol a verlo, cuando me veía venir abría los brazos y yo saltaba a que me abrazara. Me acuerdo de que teníamos el programa Vyda y mi mamá era una de las mamás que iban a colegio. Me encantaba ver a mi mamá. Segundo fue con Nataly, no recuerdo mucho más. Tercero sí lo recuerdo muy bien, ese año me tocó con Lili, una profesora a quien adoré profundamente. Ese año disfruté mucho mi salón, nos divertíamos mucho. Recuerdo que un día hicimos un partido de fútbol y yo debía tapar el arco. Cuando empezó el juego y empezó a acercarse el otro equipo hacia donde yo estaba solo recuerdo que me abracé a uno de los postes del arco.

Cuarto fue de nuevo con Nataly. Ese año ya podíamos tener proyecto artístico y académico. Entré a escenografía y a MUN. Era de las chiquitas, pero no me sentía penosa, me sentía enorme de ya estar en los últimos años de primaria. Quinto era el último año allá. Nos dictó Andrea, quien me enseñó que hay que ser organizada, ponerse metas para cumplir y que hay que reflexionar sobre lo que se aprende hace que se potencie lo que uno aprende. Ese año fue divertido. Recuerdo que nos hablaron de la menstruación, ese año me llegó mi periodo y me di cuenta de que a otras compañeras también. Cuando necesitaba ayuda tanto mis amigas como profesoras me ayudaban, eso me enseñó lo que es la confianza y complicidad entre nosotras. También recuerdo que en esa época los de quinto éramos los encargados de tocar la campana, una labor que era muy reñida. Creo que solo la toqué una vez, me sentí poderosísima.

Pasé a bachillerato, ahora era incluso más grande. De nuevo recuerdo las palabras de mi papá de orgullo y melancolía. Hoy en día entiendo ese sentimiento. Sexto fue bien movido, ya teníamos profesores y profesoras diferentes para cada clase y teníamos lockers. Un poco más de independencia. Fuimos creciendo y fui conociendo nuevos docentes que me enseñaron nuevas cosas. Conocí a Jeimmy, que dictaba francés y forjó con nosotros una confianza inquebrantable. Pedro, el profesor de biología, fue un amigo más con quien podíamos contar para lo que necesitáramos. Lili, que nos enseñó sobre la historia de Colombia y me inculcó esa visión crítica de la historia y de la política. Néstor, que nos ayudó en más de una materia y nos hizo gozar nuestras clases de tecnología. Dianita, que ha sido un apoyo enorme para la generación, esa profesora que siempre pone el bienestar de sus chaticos por encima de todo. Hazel, con quien compartí muchos momentos muy simpáticos, pero también muchos fuertes que me dejaron muy vulnerable, ella me enseñó a descansar un poco para fortalecerme y poner la frente en alto.

Llegué a once, soy presidenta del concejo estudiantil, capitana de la casa de tecnología, jefa de liras en la banda. Nunca me imaginé lo mucho que aprendería tanto dentro como fuera del salón en el colegio. Llegué a mi último año con amigos y amigas que me han acompañado y contenido en mis momentos frágiles, con profesores y profesoras que me han apoyado en mis proyectos personales como la educación menstrual y la educación sexual integral que he querido aplicar en el colegio. Al ponerme a pensar, es valioso percatarme de que, tras todos estos años en esta institución, graduarme me parece algo trascendental y emotivo, y el que quiera irme dejando algún legado en el colegio evidencia el profundo cariño que le tengo a las personas que lo conforman.

Me voy dentro de un par de meses. Entraré a la universidad y de seguro también conoceré más personas excepcionales. Hoy por hoy me doy cuenta de que en un colegio se acogen miles de historias, miles de personas con un trasfondo que muchos desconocemos. No imaginamos cómo podemos estar impactando cada historia. Así pues, en este escrito solo quiero plasmar el agradecimiento que siento por quienes han hecho parte de mi recorrido por el colegio, a quienes me escucharon y me apoyaron, a quienes me cuestionaron y me mostraron que había cosas por mejorar, a quienes seguirán siendo parte de mi vida en el futuro. Gracias por ser parte de mi historia.



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