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TEATRO PRIMAVERA

Por: Victoria González Chacín

La oscuridad consume el espacio, pero no es porque este vacío es porque la espera lo está consumiendo. Se prende una luz, y ahí estamos todos, de la nada estamos en el mismo escenario esperando lo mismo. La sinfonía empieza, los violines empiezan delicadamente a cantar, el eco de los tambores retumba en el lugar dándole ritmo a nuestros pasos. La música se vuelve lo que nos une, el escenario se vuelve nuestro hogar, y nuestros pasos abren nuestro camino. De pronto no dure mucho, los años de practica para este momento fueron largos. ¿A la final como definimos el tiempo? Si un año puede ser infinito, pero la acumulación de varios ser muy corto. A la final entre 40 años y 40 segundos no hay diferencia. Sobre el escenario, parece que el tiempo no pasa, parece que nos quedamos estancados en ese primer encuentro, cuando era necesario mirar para arriba para admirar las decoraciones que como un espirografo de ramas también nos conectaban.

Las cuerdas indican nuestra llegada, moviéndonos con dicha, y aunque el viento se lleva a algunas, seguimos bailando el mismo compas, somos capullos. De la nada las flautas se unen, se vuelve más movido, somos torbellinos de hojas, llenas de vida, danzamos con fuerte energía, bricamos entre las ramas, nuestros pétalos empiezan a surgir. Las trompetas retundan e invaden el espacio, nos formamos y nos vemos entre nosotros, nuestros pasos se vuelven más pesados, identificamos nuestros colores, nuestras formas, hemos surgido como una flor. La percusión se une, los timbales anuncian el nacimiento de nuestros frutos, de nuestra danza, de nuestro esfuerzo. Y con el fruto termina nuestro ciclo. Después nuestros atuendos cambian, algunos oscuros como las semillas y otros amarillos como esporas que se esparcen a través del escenario, el violín que fue el que anuncio nuestra entrada anuncia nuestra salida. Las cuerdas definen como ya todo se ha calmado, como volvemos a la calma como ahora hemos concluido. Y ahora seguimos mirando hacia arriba pero no porque sea necesario, pero porque se ha vuelto una costumbre, un confort.

Terminar significa abandonar, terminar la danza, que la última nota de la sinfonía repique por última vez en el teatro, poniéndole fin. Y después me iré, y se me olvidara decir adiós, no porque no quiera decirlo sino porque no lo pensare como un fin. En mi seguirá resonando esa melodía, los pasos se volvieron rutina, las imágenes seguirán apareciendo entre mis pensamientos como un invitado inesperado. Y entre mis sueños lo acogeré con cariño, dejare que me cuente las historias que calman la adrenalina después de la danza. Pase 18 años preparándome y fue en menos de 18 segundos que la última nota repico.





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