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Poder y Querer o Viceversa


Ilustración por: Juan Andrés Navarro



La vida no es una historia sobre recuerdos perdidos o eventos irreconciliables, es preferiblemente un epítome sobre aquel orden o desorden terminológico que comprende el querer y el poder, qué de vez en cuando interviene en nuestros idilios.


Dentro de mi efímero camino asimilando recorridos emocionales, fue incierto conocer qué tan idénticos son ambos conceptos. Sin embargo, se entiende con cierta seguridad, que el querer busca complacer un deseo casi insaciable por ser. Sea por beneficio personal o por la mera necesidad de tomar alguna acción. En el intento de querer, nace la imposibilidad, en contraste, de poder hacer algo.


Siempre hay algo entre la humanidad, él y ella, ustedes y nosotros, ellos y ellas, que evita discernir entre querer o no. Su causa: el poder, que tenaz y corpulento invadía el hecho de satisfacer una capacidad de disposición constante.


En este epítome los dos conceptos tienen incidencia contundente, y sobre todo en la mundanidad todos dado el motivo, de que el ser humano está inherentemente sujeto a tomar decisiones, que bien o mal están directamente relacionadas a su emoción. Es por esto que la distancia entre querer y poder está tan lejos como tomar una decisión y nada mas.


Ergo, seguramente entre nosotros persisten situaciones donde nos encontramos con el querer y el poder sin conocer lo que implicaba elegir cualesquiera de los dos caminos. El arte de decidir para completar la anécdota de nuestra generación y por todas las siguientes radica en una intencionalidad a priori de la acción, pues la disyuntiva entre querer alcanzar un balance en vida y poder hacerlo es nula. Si es querido lo puede.


No obstante, no siempre es tan sencillo resumirlo en la frase anterior. En consecuencia, entra a jugar entre nosotros, la facilidad, el tiempo, el lugar, que frecuentemente contrarrestan los alcances del querer. El tiempo o el destiempo, la facilidad o la complejidad, y el lugar o el vació, me hicieron comprender que entre nuestras historias el querer y el poder, aunque no sean equivalentes tampoco son equidistantes. Me refiero a que existe una dependencia entre sí, y que utilizar el querer sobre o el poder o viceversa es simplemente el paroxismo de un pretexto para hacer algo o no. Se reduce en que el que quiere puede, pero no siempre el que puede quiere.


Así pues, alguna vez se han preguntado ¿Por qué las relaciones interpersonales son reiteradamente disfuncionales? O al menos ¿por qué las suyas lo han sido? La razón de esto la puedo atribuir directamente a una culpabilidad social. Estamos acostumbrados a encontrarnos con obstáculos, a veces minúsculos, y nos conformamos con un no puedo como una justificación para no entregar un sacrificio o un esfuerzo, y más por cumplir aquello que quizás resulta ser convergente.


Por eso, considerándolo, cuando los deseos en el ámbito del querer se convierten en objetivos, allí entonces sí se puede lograr. Siendo así la premisa de que siempre y cuando se quiera estar o ser, se puede.


Consecuentemente, incluso cuando hablamos del poder sobre las masas, que también supone una disposición intrínseca del actor que ejerce el poder, entendí que para poder adquirirlo debe primero quererlo y no viceversa.


Esta dicotomía, breve, pero no por eso menos emotiva, se resume en la aptitud de decidir un sí quiero por nosotros y por ustedes, pese a que en cierta medida exista argumento verosímil sobre imposibilidades. Pues “mientras el corazón late, mientras el cuerpo y alma siguen juntos, no puedo admitir que cualquier criatura dotada de voluntad tiene necesidad de perder la esperanza en la vida” (Viaje al centro de la tierra, Julio Verne) De modo que la experiencia es la única forma de hacer vida a diferencia de solo tenerla. La verdad, no hay eufemismo válido que excuse no intentar. Aunque condescendiente e incluso estoicista, esto es un asunto sobre el poder de la voluntad y es la voluntad de querer.


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