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LA INCERTIDUMBRE Y EL AMOR SOBREVUELAN LA IDENTIDAD

Actualizado: 30 de nov de 2020

Parte del desasosiego y del cansancio de la larga espera por el tráfico de la ciudad, esclarece dentro de mí varios recuerdos. Se escuchan los tractores cruzar, cortando como flechas el frío del atardecer y el bombeante rechinar de la dirección de aquel que maneja el auto. Me pongo a pensar en la forma en la que impactan las gotas en el asfalto, y el sonido de la radio antigua me sorprende, como si fuera una transición fugaz, que pronto se calla. No veo la hora de llegar. Pero pienso; ¿ Que hay de los que están justo afuera? ¿De los que no tienen que ver? Me retumba la señal del espejo retrovisor, de lo poco que se ve desde el asiento de atrás. No logro comprender cómo pueden haber tantas personas esperando el bus, en medio del caótico encuentro de automóviles. Retomo el hilo de mi charla en contraposición de los autos que van, mientras yo vengo. Pero, hay algo más que me tiene pensativo.


(Ilustrado Por: María Alejandra Acosta) Entre las palabras forzadas de parte del conductor y el sutil movimiento del parabrisas me detengo a reflexionar, y a pensar en ella. Consigo verme a mí mismo sumido en largas horas de ver trágicos sucesos, accidentes, muertes e ideas corriendo por la ciudad. Me pregunto: ¿Valdrá la pena? ¿Será el corazón, la razón o la historia la que vuele la atracción de lo inesperado? ¿O podrá convencerme la manía de un sueño? Puede que se me olvide que soy o de donde vengo, pero lo que siento no se deja de sentir tan fácil. Ya va una semana de constante pensamiento, de mucha confusión. No se si el sentimiento es mutuo, y eso me retuerce la cabeza. Si les soy sincero tampoco estoy seguro de que sepa lo que trae la historia, no lo creo. Pero, es que hay cierto comportamiento que por mi erudición en la ciencia de la psicología me hace pensar lo contrario.


Se crea una atmósfera de relajación cuando llego al destino. Me esperaba, Juan. Junto a su conductor cruzamos un par de palabras bajo las cálidas luces de la calle. En lo que la lluvia cesaba sus gotas arrebatadas, el conductor abrió la puerta para anunciarnos. Habíamos llegado a donde verdaderamente estábamos esperando llegar. Con la mayor de las inocencias presentes, el conductor pronunció mi nombre. Debajo de la interferencia, se escuchaba una voz intermitente no muy clara, que no permitía nuestro acceso. Sorprendidos decidimos esperar, pero seguían respondiendo y susurrando. No nos dejarían entrar. Dentro de una seguridad intrínseca en el valor de una palabra descubrí que no era la hora para llegar. Sin embargo, la invitación estaba hecha y las ganas palpitaban por debajo de la razón. Nada más importaba, sin siquiera conocerla. La incertidumbre forzaba las palabras. Parecía normal, pues para Juan no era más que un contratiempo. Pero, no era así para mí; yo sabía que era lo que estaba sucediendo.

Intrigados por la manía de los robles que se ubican cerca a nosotros, decidimos llamar de nuevo. Entre un flujo de llamadas, Juan hizo énfasis en porque a mi me contestaron y a él no. También mostraba cierto disgusto e inclusive llegó a creer que simplemente no había nadie, que se habían olvidado de su existencia —su identidad. Simplemente no conteste la pregunta, especifiqué que no era tiempo para ese tipo de cosas y le respondí con la inherente sutileza, como para que no preguntara más. Con una enigmática mirada efectivamente abandonó la conversación. El tiempo fue fugazmente cortado por la visión a lo lejos de la pesada puerta que se abría ante nosotros para darnos acceso.


Como si fuera un mundo jamás visto se empieza a reconstruir ante mí una serie de partes que inmediatamente conectan con recuerdos de carácter emocional. Sin imaginar el notable desorden que causó dentro de mi cuerpo la sensación de ya haber vivido ese momento antes; me aventuro a conocer. ¡Y ahí estaba ella! El frío que subía del mármol refrescaba su largo y húmedo cabello.


En esa noche oscura y lluviosa no había nada, solo las ilusiones de luz que exaltaba la ciudad. Sin despertar nada nos miramos el uno al otro con una cara de asombro, cada vez era más evidente que estábamos ahí el uno para el otro, o el otro para mi, o quizás la guerra para la guerra. La identidad está forjada por la historia, y la historia parece redimir a la identidad. Se juntan dos mundos en uno solo, y se crean complejos paradigmas difíciles de entender en lo terrenal de las palabras.


Fue muy extraño cómo pude sentir una vibra dentro de mi estómago, unas ganas de sonreír y una energía enorme de libertad. No duró mucho, todo se fue ahí. Y de repente estábamos escondiendo las armas tal cual y como lo hacíamos antes. Lo que estábamos destinados a ser era por esa razón de hacer. Todo configurado desde el principio, como las partidas de ajedrez famosas, o las películas. Todos creyendo que formamos parte de una historia inédita, o que el destino nos trae aquello que creemos increíble. Es el engaño perfecto. No notamos que aún seguimos escuchando las gotas, reflejados en el espejo retrovisor. Que nos sigue repugnando lo que vemos y finalmente comprendemos a aquellos que esperan el bus en el caótico tráfico. Decidimos mirarlos más a ellos.


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