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La Espera de lo Inesperado


Ilustración por: María José Suárez


Desde el exterior llegaba el sonido de las enfermeras caminando por el pasillo, las alarmas de los monitores y varios ruidos inconexos que no podía identificar. Nunca antes se había paralizado de esa forma. Veía a todo el mundo intentando salvar la vida de su padre, quien con su afligido problema cardíaco batallaba por mantenerse en vida. Lloró de inmediato, con repentino y salvaje abandono en los brazos de su hermana, quien fue la responsable de darle la noticia entre frases cortadas. Se sentó con la cabeza hacia atrás sobre el cojín de la silla, bastante inmóvil, hasta que un sollozo subió a su garganta y la sacudió. Era joven, de rostro bello y tranquilo, cuyas expresiones denotaban dominio e incluso cierta fuerza. Pero ahora había una mirada apagada en sus ojos, una mirada que estaba fija en una de esas luces brillantes del techo del hospital. Así que ahora todo había terminado, pensó Alicia. Así que ahora nunca tendría la oportunidad de hacer todo lo que algún día prometió con su padre durante las tardes frías pero acogedoras que compartían ocasionalmente. La idea de perder a alguien a quien amaba hacía que su corazón latiera más rápido, y cada vez estaba más cerca de experimentarlo.


No habría nadie por quien vivir durante los próximos años; ella viviría para ella misma. Se sentía muy poco preparada, pues era la primera vez que conocía la verdadera incertidumbre acompañada de una tristeza indescriptible. Alicia había tenido una vida exitosa y satisfactoria, pero el remordimiento de no haber valorado los pequeños momentos y de no haber pasado más tiempo con su padre la estaba consumiendo. Su hermana le susurró al oído innumerables veces que todo iba a estar bien, pero su rostro angustiado revelaba una verdad diferente. Nada la había preparado para sentir tanto al mismo tiempo, pero en medio de sus lágrimas y lamentos, un médico que parecía tener una expresión de alivio se acercó a ella. Le dijo que esa pequeña probabilidad que su padre tenía de sobrevivir se había hecho realidad, y que lo primero que hizo al levantarse fue preguntar por ella. Alicia fue corriendo hacía su habitación, lo abrazó como nunca antes y le prometió disfrutar el resto de sus días junto a él. Durante su camino a casa, no podia dejar de pensar en todo lo que había ocurrido y en lo rápido que su vida pudo haber cambiado.


Entendió que si intentaba comprender la muerte, terminaría creando historias fantásticas sin ningún sustento. No podría percibir la muerte porque aún no era para ella, y si quisiera conocer la muerte, solo podría hacerlo por experiencia. La muerte no se puede comprender a través de otra persona, y lo mismo ocurre con la vida; sólo se puede conocer experimentándola. Cualquier cosa que desees saber sobre la realidad, la única puerta es ahora. Alicia se dio cuenta que la vida solo está aquí, y que lo que hay en el aquí y el ahora es lo único a lo que se puede acceder.

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