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El Eterno Ensueño


Tumbado en el tálamo de roble se encontraba observando las anticuadas tejas de su habitación. Se entregaba a las grietas de las polvorientas baldosas de guadua, admirando el complejo sistema de trazos laberínticos e irregulares que atiborran el techo; tan desdeñado estaba que, por lo menos en esta realidad, ningún remedio permitiría restablecerlo a su estado original. Dejó que su lánguida mirada reposara en estas hendiduras, mientras que por enésima vez establecía el orden de los quehaceres del día.

La habitación en la que él yacía era reducida y cerrada. El lecho estaba recostado contra la pared frente a la puerta del cuarto, debajo de una ventana minúscula que se sumergía en los mares de cartón yeso. Era la única ventana en el cuarto, convirtiéndola en la única abertura donde los rastros del día y la noche, el sol y la luna, la luz y la oscuridad, eran Sin su presencia, el tiempo era un forastero más en la habitación, desesperado por entrar, pero que era marginado por el tormentoso ambiente que él generaba. Una extensa capa de polvo se desparramaba por todos los huecos y rincones, y un hedor pestilente brotaba del suelo putrefacto y danzaba libremente sobre el aposento. Aun así, pese al deterioro de los objetos y al sentimiento de consternación que mantenía la monotonía descolorida de la habitación, él seguía recostado en su lecho, absorbido nuevamente por las hendijas; un objeto insignificante para el hombre común, pero que de alguna manera cautivaba su curiosidad, que hasta el momento se encontraba aletargada dentro de este instante eterno.


Pasaron las horas y de las grietas comenzaron a rebosar listones de colores cálidos y vigorosos, que rápidamente disfrazaron las paredes del cuarto, convirtiendo lo que antes era una desdichada y afligida mazmorra en un paraíso colorido e ilimitado. El polvo se convirtió en brisa fresca, y la pestilencia se fue desvaneciendo cuando aparecían los jardines de rosas y lavandas en el prado. El soporífero descolor también se fue disipando. El cielo se saturó con tonalidades cálidas, mientras que el verde del césped se amalgamó con el magenta de las rosas. Este imprevisible paisaje, tan pintoresco y despampanante, agobió toda su vista. Levantó su brazo y sintió el viento rozar la punta de sus dedos; era una sensación gratificante, que sobrellevó el dolor que sentía en la flexura de su codo. Siguió disfrutando el viento resoplar entre sus brazos mientras saboreaba el sabor agrio y dulzón del chocolate que se cocinaba en la choza de al frente, que acaba de construirse en un abrir y cerrar de ojos. No tuvo que tocar la puerta: esta se abrió en su presencia, develando a una mujer alta y serena, que se recostaba en la encimera esperando que el estofado espesara. Su vestido amarillo lo enamoró, y los ojos carmesí paralizaron su cuerpo; la apariencia seductiva de esta mujer sin nombre había generado un deseo de gozo insaciable. Entonces de repente, su cuerpo es lanzado a través del jardín a sus espaldas, alejándose kilómetros de la mujer que él consideraba la mujer de sus sueños. La fuerza etérea lo dejó nuevamente en su lecho de roble, y el paisaje que había admirado hace meros minutos volvió a refugiarse en su cuarto; se encontraba nuevamente en su lóbrega realidad.


Al día siguiente volvió a penetrar la fantasía colorida. Volvió a admirar los colores que abrumaban el paisaje, y se encontró frente a frente nuevamente con la mujer que acometió su mente en su última visita. Esta vez logró entrar a la cabaña, e intentó entablar una conversación con la dama misteriosa. Aunque esta no le demostró respuesta alguna, él prosiguió a acariciarla, esperando una reacción recíproca por su parte. Entrelazo el pelo sedoso en sus manos, y empezó a besar su cuello y sus mejillas. La mujer se mantuvo estática, como si su cuerpo hubiera sido reemplazado por una simple estatua de cerámica. Intentó abrazarla para comprobar su corazonada, esperando sentir la fría superficie de la porcelana, pero fue inútil; el dolor que sentía en la parte interior de su codo se había extendido por todo su brazo derecho y se había replicado en el izquierdo, dejándolos completamente adormecidos y con un hormigueo tormentoso. Consciente de su incapacidad, se separó de la mujer y se sentó en el piso, preguntándose por qué sus brazos estaban desconectados de su cuerpo. Sin embargo, antes de poder inspeccionarlos debidamente, se ve reiteradamente azotado por la misma fuerza invisible que lo hostigó la última vez, desterrándolo de la choza y enviándolo por segunda vez a su desolada habitación.


La ida y vuelta de la choza al cuarto, del color al descolor; se convirtió en un ciclo vicioso e interminable. En cada viaje se quedaba más tiempo en la choza, e intentaba acercarse más a su dueña sin lograr captar su atención. Por el contrario, el dolor en sus brazos aumentaba y se agudizaba cada minuto que pasaba junto a la dama imaginaria. Pero ese dolor no le impedía seguir buscándola. A pesar del sufrimiento crónico que le provocaba su estadía, conseguir los cariños de la mujer de sus sueños era lo único que lo impulsaba a seguir viviendo; era una adicción que lo estaba consumiendo. No fue hasta que un día, sorprendentemente, la dama finalmente le devolvió un beso. Saboreo sus labios por unos segundos, hasta que ella se separó y continuó sus tareas. En ese momento, mientras él se encontraba atónito por lo que acababa de ocurrir, todo a su alrededor empezó a desvanecerse. Las paredes, la cocina, la mujer; todo elemento se convirtió en polvo y se desvaneció en un agujero negro, donde el yació sereno, con una sonrisa de oreja a oreja.


La policía llegó un día después. Las grietas en el techo se habían multiplicado, y montañas de polvo se acumulaban en las esquinas de la habitación. La única ventana de la habitación, turbia y opaca por la suciedad, dejaba entrar un menudo rayo de luz que iluminaba al hombre que yacía en el lecho de roble; las agujas sobresalen de sus putrefactos brazos, y su cara se encuentra inexpresiva. Esa cama, donde él viajaba a su ilusoria realidad, se había convertido en el lecho de su muerte.

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