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EL REFLEJO

Actualizado: 30 de nov de 2020


Era de mañana, una mañana tan fría que no me habría sorprendido si pequeños copos de nieve hubieran empezado a caer sobre el vidrio frente a mí, pero aún así, lo único que yo podía percibir era una calidez única e impresionante que emanaba de un lugar que no lograba distinguir. Estaba descansando frente a la ventana, en la que se encontraba una gran obra de arte, la yuxtaposición entre los vibrantes colores del exterior y mi propia imagen creaban una única pieza que mezclaba distintos aspectos de un mismo lugar, sobreponiéndose entre sin que se pusiera en riesgo la armonía característica de la imagen a la vista y haciendo a la vez que cada uno resaltara a su manera.



(Ilustración por: Natalia Tabares)

Me estaba mirando a mí misma, pero de cierta forma parecía más que eso, no solo veía a una mujer, miraba su historia y su esencia a través de los colores que se podían distinguir a los alrededores de su silueta. De alguna forma, el entorno de esa mujer hacía parte de ella y ella parecía un elemento más en el paisaje. Los rascacielos acaparados en el fondo revelaban su elegancia, la fortaleza de su ser y su tenacidad mientras que la naturaleza en el primer plano demostraban su afabilidad, su frescura y su alegría. Concreto y tierra, ciudad y naturaleza, dos espacios que a primera vista parecen ser muy distintos, pero que justo en esa imagen a mis ojos eran parte de esa mujer y su vitalidad lo demostraba. Por otro lado, estaban las personas en el panorama, quienes dependiendo de su cercanía, podían verse tanto del tamaño de una muñeca de juguete, como del tamaño de una hormiga. Aunque ciertamente eran completos desconocidos para mi, también podía ver como encajaban en la obra con simpleza y sinceridad. Al final, hasta las demás personas dejaban su propia marca en la imagen. Se podía ver como la mujer, al haber convivido y experimentado con cada uno de estos elementos, compartía algunos de sus rasgos característicos. Tenía la razón al decir que en vez de estar viendo un reflejo, lo que veía era una verdadera obra de arte, que revelaba sutilmente información de su autor.


Fue en ese momento, al estar mirando fijamente la obra de mi vida, que con una vista tan clara me pude dar cuenta realmente de la construcción que era; de los colores, las texturas, las formas que hacían parte de mí, lo que me distinguía y estaba a la vista de los demás. Ese contraste en la ventana demostraba quién era yo, cada elemento que veía, por muy normal que fuera, como un árbol, el pasto o un simple edificio; lo podía relacionar con mi ser, con mis recuerdos, mis experiencias, las cosas por las cuales podía decir que esa mujer que estaba viendo era yo. Sí, es cierto que para muchos tan solo estaba viendo a un reflejo, pero yo al conocer su historia podía ver precisamente el porque, en realidad parecía que este destellara su propia luz. En ese instante, en ese momento en específico, también pude entender que la calidez que percibía desde el principio nacía del interior de mi ser y se estrellaba de manera juguetona con el cristal, impregnando por completo tanto a este como a la habitación, tratando incluso de salir y llegar a más lugares, ese calor también era yo.


Comprendí en esos últimos momentos que yo era todo lo que había vivido, que había estado y que incluso seguía siendo una construcción inconclusa que con el tiempo se fue completando más y más; de maneras que en un inicio no habrían cabido en la imaginación. Esa persona la cual estaba frente a mí era una versión de mi, ligada a mi realidad y al tiempo en el que me encontraba, manteniendo la coherencia con cada cosa a su alrededor. Sin embargo, esta propia obra de arte también mostraba la parte atemporal de mi ser, mi esencia, como lo era la calidez que se distinguía; pero al final lo cierto era que esa obra de arte en frente mío solo podía ser percibida de esa manera por mí. En el caso de que alguien más llegara, podría tener un punto de vista sobre esa obra completamente diferente al mío. Porque, al final, como en el caso de toda obra de arte, el artista es y será el único que sabrá la historia y el significado completo de la obra.





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