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Días Terroríficos

Mariana Sierra

Todo comenzó aquel terrorífico día de segundo grado. Aunque no me acuerdo de la fecha ni la hora, tengo presente en mi memoria los tormentosos sucesos que hasta el día de hoy me persiguen. Nunca he sido buena para las matemáticas, nunca se me han dado; Para la pequeña niña de piel morena, cabellos oscuros y ojos marrones un examen de matemáticas era su peor pesadilla.

Aquel terrorífico día de segundo grado debía presentar un examen de matemáticas, para el cual claramente estudié, más no entendí. No obstante, no tenía elección y entré a aquel salón con ganas de llorar. Para mi suerte, al lado mío se sentó un pequeño niño, compañero mío. Él era de contextura delgada y de tez morena al igual que yo; Tenía los ojos de color miel y una pequeña cicatriz justo en el centro de su frente. A partir de aquel terrorífico día de segundo grado, ese pequeño niño se convirtió en mi perdición y en mi peor enemigo.

Desde el preciso momento que decidió ayudarme en mitad de ese examen de matemáticas mis ojos no pueden dejar de ficharlo, no importa a donde vaya o de donde venga. Me ha caído una maldición encima, ya que ahora me he convertido en su sombra, lo sigo sigilosamente admirando su gran naturaleza, tan cálida, tan tranquila. Detesto que sea todo lo que quiero y odio de manera absoluta que sea todo lo que no soy.

Aquel terrorífico día de cuarto grado lo vi, cómo todos los días de hace dos años, ya tenía mi ojo fijado en aquel pequeño niño, que ahora no era tan pequeño. Era un tanto más alto, más moreno, pero igual de cautivante; Nunca lo comprendí. Cada día aquel niño me atormentaba más y más, robándose toda mi atención sin darse cuenta. ¡Cómo lo odio, lo detesto! Pero cuando me mira, y me habla acerca de fútbol y todas esas cosas que le encantan, se ve tan tranquilo, tan naturalmente precioso. Solo me hace odiarlo aún más.

Aquel terrorífico día de sexto grado llegué al colegio. Era una mañana sumamente normal, durante los años aprendí a odiarlo continuamente, pero esta vez, desde la cercanía. Cómo dice el dicho; “Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más.” Y eso fue exactamente lo que hice; Yo ya había establecido una rutina diaria para vigilar a este sujeto. Primero, lo saludaba, conservando mi distancia por su puesto, luego, lo miraba, con unos ojos suaves y tiernamente de odio, nunca deje de odiarlo.

Aquel terrorífico día de octavo grado me di cuenta de algo sumamente importante. No era la manera en la que él actuaba, con tanta delicadeza y paciencia, lo cual hacía que yo lo detestara. En mi vida había odiado a alguien tanto como a él. Odio cada vez que me quiere ayudar en algo o que se preocupa por mi. Detesto plenamente cómo le encanta hacerme reír; Pero nada se compara con el aborrecimiento que me causa lo bien que me conoce. Me conoce lo suficientemente bien como para saber que no es odio ni frustración lo que siento, sino que es amor.

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