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CONCIENCIA

“La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse”- Joaquín Sabina



Margarita llora…


Son las 6 de la tarde, y como todos los días, llora.


Apenas a sus 61 años reconoce que su vida pasó sin darse cuenta…pensando siempre en un mañana que nunca llegó. Recuerda que de niña anhelaba crecer para liberarse de una madre castrante y un entorno escolar que solo le recordaba la inutilidad de su existencia. Su soledad la ahogaba en tardes de letargo, sin diversión mayor que atrapar moscas y mutilarlas poco a poco, primero una pata, luego la otra, un ala, la otra…el reflejo de su incapacidad de ser algo más que una mosca desagradable pegada a una ventana, esperando la crueldad de un gigante depredador.


Y creció…pero siguió anhelando esto y aquello. Plazos y metas que nunca llegaron como ella esperaba. Éxito profesional que solo obtuvo a medias pues logró graduarse de una buena universidad, hacer un posgrado para darse valor competitivo en el mercado laboral, pero el mundo apenas le brindó un empleo de tercera categoría con un sueldo que apenas le dio para cubrir el hambre y un techo en alquiler. Anhelaba un amor de película, un hombre-héroe que la rescatara de su miseria, de sus esperas frustradas, y que le brindara un hogar estable en una casa grande con un jardín y dos hijos hermosos, un niño y una niña, porque era lo usual. Se encontró, si, con un hombre y se casó con él, pero pronto el héroe de sus sueños se desvaneció en deudas, traiciones, reclamos y conflictos que se convirtieron en el anuncio de un matrimonio fracasado.



(Ilustración por: Salomón Alonso)

Y su vida siguió, ahora esperando algo más realista. Tal vez un viaje de escape a lugares remotos, el encuentro fortuito con otro amor, este más real, alguien que esté dispuesto a construir desde la ruina de los fracasos mutuos…tal vez un cambio de empleo, una iniciativa propia por crear su propio negocio. Pero nada de esto aun llega a su vida. Sigue sola, inmersa en la rutina de un empleo que le consume su tiempo vital. En la inconciencia de su presente, y aun anhelando un futuro…cualquier futuro.


Son las 6 de la tarde, y Margarita llora.


Su llanto es de angustia algunas veces. Otras, la ira parece una represa en explosión a través de sus ojos, que se funde con un llanto triste, un dolor guardado de toda la vida. Todos los llantos que ahogó porque las mujeres deben ser fuertes. Una epifanía de una existencia desperdiciada en plazos inútiles, metas banales sustentadas en modelos copiados de lo que su entorno le mostró.


Hace algunos meses un dolor de estómago inusual fue la condena a un diagnóstico frio e inesperado. Y desde entonces, anhela vivir, por primera vez, anhela vivir. Sueña con la posibilidad de seguir respirando. Despertar y escuchar el mirlo que visita su terraza cada mañana y que ahora escucha como si apenas lo descubriera. Cultivar su propio huerto. Salir a caminar con su madre, una anciana amorosa, lejos de la imagen de aquella madre cruel de su infancia. Cruzar el continente sin más pretensiones que vivir el mundo.


Su llanto se ha hecho rutinario. Pero ahora, por primera vez en su existencia, anhela vivir.


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