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Ausencias



A veces me detengo y te recuerdo, te veo grande, a color, cerca y me doy cuenta de que aun te quiero, de la falta que me haces, viene a mi mente esa mañana de diciembre, cuando entré a tu casa y me acogió un olor a chocolate, pensé en la primera vez que disfruté uno contigo. De pronto, me di cuenta de que se empezó a quemar y tu no venías, era raro que aún no llegaras, fui a buscarte, me encontré con un vacío frío en tu cama aún sin tender, un tocador intacto y un baño a medio cerrar, me acerqué al espejo y por el reflejo te vi, horrorizada me di la vuelta, te moví, no respondiste, te llamé, no respondiste, lloré y no te moviste. Llamé a mi papá, quien se encargó de llamar una ambulancia. Para cuando llego era muy tarde, tu me habías dejado. La autopsia confirmó que tu partida fue a las 5:16 am, tan solo 15 minutos antes de mi llegada, no pude evitar preguntarme que hubiera sido si no se me hubiera hecho tarde, tal vez seguiríamos juntos, quizás me seguirías inculcando tu amor por la lectura, o la escritura, incluso por los idiomas, tal vez me habrías convencido de aprender latín, o quizás me seguirías ayudando a quebrar mis miedos, ya sabes, a la oscuridad, a la gente, a la soledad.

Contigo se fueron mis alegrías, mis metas, mis esperanzas, mis sueños, y llego una soledad inigualable. La gente me decía que no era yo, que parecía otra persona y yo no podía dejar de pensar en otra cosa que no fueras tú. Se que tenían razón, me volví otra sin tí, empecé a buscar tu compañía en las cosas que antes hacíamos, aprendí a cocinar tu plato favorito, cuando pensaba en ti recordaba la vez que discutimos sobre la muerte, cuando intentaste convencerme de no temerle, dijiste que mi miedo se debía a que me gustaba tener todo bajo control y la muerte era un propósito que no podía perseguir, sino que nos persigue a nosotros. Me criticaste porque creías que juzgaba mal a la muerte como si supiera con certeza que es el peor de los males y concluiste la conversación diciendo “pero qué tal si es el mayor de los bienes, realmente nadie conoce a la muerte. Y entonces ¿para qué temerle? Recuerdo que nunca estuve de acuerdo contigo respecto a ese tema, es posible que por eso me parezca absurdo que ahora sea lo único que nos conecta.

Han pasado meses y aun voy a la heladería de la esquina de tu casa a pedir un helado de vainilla, sentarme en la silla de siempre a contar carros grises, y es casi perfecto, solo que me faltas tú. Imagino que estarías feliz de saber que extraño tu ajiaco dominguero, ese que nos hizo compartir tantos momentos, como aquel cuando me dijiste que el físico no es lo que mas importa, dijiste que un día ibas a morir (desearía que ese día no hubiera llegado), pero que estabas segura de ciertas cosas, como que nadie se pararía al frente y diría “extraño el corte, el color y la forma en la que su pelo caía hasta sus hombros”. Que nadie recordaría tu estatura o tu peso. Que nadie mencionaría la textura de tu piel. Que nadie iba a llorar o a reír mientras recordaba que tan blancos eran tus dientes. Y cuando te pregunte por qué estabas tan segura, me dijiste que era porque cuando pensabas en las personas que amabas esas eran las últimas cosas que pasaban por tu mente. En su lugar pensabas en la paciencia, la amabilidad, el humor. Hasta el día de hoy no había entendido por completo tu visión al respecto, pero ahora puedo decir que comprendo porque cuando te recuerdo, pienso en momentos en los que ya he olvidado que estaba usando cada uno, y aun así siento la sonrisa plasmada en mi rostro. Y es que ahora entiendo que son esas cosas las que hacen los días maravillosos, cambian vidas y esparcen una hermosa luz, esas mismas cosas que mi espejo jamás podrá ver.

Fue difícil encontrarme, saber quién soy cuando no estás tú, pues tu presencia en mi vida me lleno de sentimientos, momentos, y aprendizajes tan hermosos como efímeros, y por mas gente que conozco tu ausencia no me abandona y poco a poco me va formando. Cuando me vuelvo un poco mas consciente de las cosas que aún hago porque tú me las enseñaste, como alejar la lluvia con mis dedos, o comer el helado de vainilla y mirar los carros, incluso sentarme a escribir donde tú solías hacerlo, me pregunto, ¿qué es lo que me hace ser yo, aunque comparta tanto contigo, y he llegado a dos conclusiones. La primera es que soy un mosaico de todo aquello que me ha pasado y todos aquellos que conozco, y esa combinación tan única es la que hace que tú y yo seamos justamente eso, dos seres distintos al resto. La segunda es un poco más decepcionante, pues debería aceptar que incluso años después sigo sin saber quién soy sin ti.


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