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A Bogotá, Ciudad de Dualidades


Ilustración por: María José Suárez



La ciudad,

que triste y fría es la ciudad,

que veo todos los días por mi ventana,

como un oscuro reflejo de mi alma.


Pero, qué alegre también,

a la tenue luz del alba,

se ve el fluir diario, la iridiscencia,

de nuestra urbe soñolienta.


Es un ser amorfo, atado a un pulmón de hierro,

de proporciones oblicuas y antiguas callejuelas serpenteantes,

cubierta por un manto de ébano, que exuda un aliento de muerte,

y lleno de amargas sonrisas e historias perdidas.


Es también una flor, que entierra como raíces,

sus extensos apéndices, que rozan los campos,

cornucopia de una nación, corazón de un pueblo,

la ciudad que yo veo.


Está en una cumbre, esta ciudad,

rozando el cielo, con sus uñas grisáceas.

Está dormida, nuestra ciudad,

descansa del ruido y del bullicio,

que inundan a sus calles,

Y silencian el canto de los buitres eternos.


Estar frente a esta gloria,

me recuerda la gratitud, que le debo a la vida.

Al lugar que me vio nacer, crecer, y que aún guarda para mí

un porvenir magnífico.

En ocasiones, también

me veo solo, perdido, en mi ciudad.

Atrapado en mente y alma,

sin fuerzas ni razón,

para despertar de su sopor.

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