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Ilustración por: Juan Andrés Navarro



“La dualidad de lo positivo y lo negativo

es absorbido en la Unicidad”.

(Santos, s.f.)


Las diatribas de los seres humanos se tejen siempre desde dos extremos, dos realidades, dos verdades, dos seres o no… En el pensamiento humano, la dualidad del sentirse o no bien, del saberse o desconocerse y del estar o no presentes, de concavo y convexo, de blanco y negro, del alfa y omega, del cero al infinito, permanecen y entorpecen el deambular de un extremo a otro, y lo envuelven en círculos repetidos que le permiten mecerse en una constante zozobra que lo alejan y lo acercan a su vez de su centro de equilibrio. “Dividimos el tiempo del espacio, la mente del lugar, y el ser del no-ser. Creamos un mundo de ideas. Esto es la dualidad, parejas de supuestos opuestos”. (Lenz, 1950).


En el diario vivir, se convive con lo dual por naturaleza, desde que se nace, el espíritu y la materia se contraponen desde diferentes disciplinas: la filosofía y la epistemología, y desde estas se trata de explicar y justificar muchas de las acciones de los humanos que han sesgado el pensamiento en dos grandes criterios; el bien y el mal, y bajo los cuales se cobijan todas las demás dicotomías que caracterizan sin ningún preámbulo, a todas las sociedades en las que estamos inmersos. “Nosotros, todos los que vivimos, tenemos una vida que es vivida y otra vida que es pensada, y la única vida que tenemos es aquella que está dividida en bien y mal” (Pessoa, 1888). Muchas son las definiciones que se han tejido en aras de definir el bien y el mal; desde la perspectiva ética y moral, se valora la conducta de los individuos, así como la de los fenómenos sociales; lo que se traduce como bien es todo lo que una sociedad considera moral y digno de imitar. El mal contradice al bien en toda su dimensión y lo engloba en dos palabras claves: inmoralidad y condena, y es aquí donde se entra en una disyuntiva idealista porque se juega con términos como la voluntad divina y el espíritu absoluto, que explican de una u otra manera, la conducta de los individuos tanto en grupos como en clases sociales determinadas por la posiciones dentro de una comunidad (Diccionario filosófico, 1965).


La historia de nuestros antepasados se ha explicado siempre simbólicamente como un todo con sus partes. Es así como los conceptos de “el yin y el yang”, en la cultura taoista, se describen las dos fuerzas fundamentales y complementarias que se encuentran en todas las cosas, pero que a su vez se contraponen y crean vacíos irreparables de llenar, porque en estas luchas la mayoría de veces, se sucumbe y se queda en un laberinto que nos confunde el presente y el pasado, entre el mal y el bien, o entre la utopía y la distopia… Increíblemente lo que para algunas culturas es bueno, para otras por el contrario, es malo. El mal concepto de “símbolos universales” es controversial porque todo lo existente está sujeto a lo circunstancial y situacional. La semiótica de los colores, por ejemplo, pareciera tener el mismo significado a lo largo y ancho del universo, pero resulta que no es así para todas las culturas; por ejemplo, ¿Qué significa una figura roja en una puerta de entrada? La interpretación universal sería “no se puede entrar”, pero en la época del año nuevo chino, en varios países asiáticos, estas figuras connotan fiesta, suerte y alegría. Esto nos lleva a inferir que todo está circunscrito a interpretaciones abstractas que se alejan de lo concreto; dualidad que el hombre ha tratado de entender como espíritu y materia.


El cuerpo y el alma son dos naturalezas que han coexistido en armonía y desarmonía a su vez. Se han invertido millones de años tratándolas de complementar y proyectar como funcionales e idóneas, cayendo desafortunadamente en utopías, justificadas en un ideal de perfección, que las ha arrojado a dilemas distópicos que terminan en extremos indeseables. Lo único que han suscitado han sido dualidades políticas, religiosas y culturales, que han agrietado cada vez más las diferencias abismales en las que se está trabajando por encontrar un equilibrio que nos ayude a interpretarnos como seres humanos duales, para poder coexistir en un mundo de duplicidades interminables. “Ser o no ser, esa es la cuestión” (Shakespeare, 1603).


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